Blogia
Libertad

Transparencia.

En primer lugar, no sé como clasificarla, si es una propiedad, una enfermedad u otra característica que el ser humano adquiere bajo ciertas circunstancias o desea adquirir.
Mis primeros antecedentes sobre este fenómeno se remontan a 1987. Ese año recibí un documento en el cual se me comunicaba que mis actividades como docente de la Corporación Municipal de Valparaíso caducaban a fines de febrero, de modo que pasaba a ser un exonerado. En el Liceo donde en ese entonces trabajaba -Liceo A23, ex Liceo Nº 2 de Hombres de Playa Ancha- los que experimentamos tal situación fuimos 12 profesores.
Tiempo después, cuando me encontraba con ex-colegas, se producían dos situaciones:
1.- Me veían normalmente y por lo tanto me saludaban y, en algunos casos, se detenían a conversar.
2.- No ve veían, era como si su vista me traspasara, yo no existía, o lo otro que se producía era un giro de cabeza para que yo saliera de su campo visual. Ocurrió con numerosos ex-colegas y aún perdura en algunos casos.
Pues bien, lo anterior lo tenía asumido y sabía que poseía esa propiedad, pero ayer en la tarde -19/02/07- se volvió a producir y cuando quise que se produjera, no sucedió.
Para entender lo anterior, tendré que dar mayores detalles. Mi esposa trabajó durante 29 años como directora de la Biblioteca Santiago Severín de Valparaíso y, de un día para otro, la despidieron. Quien lo hizo tenía las atribuciones para hacerlo y Yolanda ocupaba un cargo de confianza, que implica que podía ser removida sin miramientos de ninguna naturaleza. Tuvo apoyo de los ciudadanos.
La situación que se produjo ayer fue la siguiente: caminaba por la calle Valparaíso -en Viña del Mar- a eso de las 19[h] y divisé a pocos metros, caminando en sentido contrario, a un ex-colega de Yolanda -bibliotecario- y observé que él realizaba un brusco giro de cabeza. Lo anterior me trajo recuerdos de muchos años atrás y motivó que fuera a tomarme un café en la Galería Samoiedo, seguramente para pensar un poco sobre lo que en estos instantes estoy escribiendo.
Pedí un capuccino, que venía con la bombilla puesta sobre la crema, empecé a probar la crema con la cuchara y a continuación me serví un sorbo de soda.
Luego tomé la bombilla para sacar algo de café y poner azúcar para que no se rebalsara; volví a tomar el vaso con soda, lo levanté a la altura de mis labios y se deslizó como un proyectil entre ellos, cayó sobre la mesa, con gran estrépito, se desparramó la soda y el vaso se quebró en cuatro pedazos, ¡¡¡quise ser transparente!!!
Miré alrededor y todos me observaban; tenían sus ojos clavados en mí: la transparencia no la puedes adquirir a gusto.

0 comentarios